Oaxaca de Juárez, Oax., a 15 de abril de 2008
Hoy es un día soleado en Oaxaca, pero esa luz todavía no alcanza a brillar en Santa María Quiegolani, el pueblo donde yo nací. Allá en el corazón de la Sierra Sur de Oaxaca todavía se vive entre las sombras y las voces que se escuchan son apenas un murmullo. El tiempo camina lento y parece que el calendario se ha detenido en una noche oscura de hace más de 500 años.
Muchas veces he creído que esta larga noche en la que vive mi pueblo es tan solo una pesadilla de la que pronto voy a despertar. Pero por más que alzo la voz, por más que mis pies calzados con huaraches intentan correr, nunca logro salir de esta oscuridad y la pesadilla no termina.
A veces sueño también que detrás de los cerros que forman una corona de espinas en torno a Quiegolani, se enciende un gran faro de esperanza que ilumina cada rincón de mi tierra y que hace florecer millones de alcatraces blancos, como sonrisas de niños corriendo alrededor de los sabinos.
Cierro mis ojos cansados y sueño otra vez tratando de observar esa hermosa luz que se llama justicia para las mujeres indígenas, que hace cantar los arroyos de agua y que para mí significa la equidad entre los hombres y las mujeres, pero por más que intento no lo veo, se pierde o se esconde. Muchas veces he estado a punto de alcanzarlo, pero se escapa, se desvanece, se hace cenizas y se vuelve una columna de humo tan negro que escapa hacia el horizonte, como escapa la humareda de la leña en la cocina de mi madre.
Al fin despierto y miro a través del madero que protege la entrada mi cuarto; veo sombras, siluetas blancas y pies descalzos; escucho los pequeños pasos de las mujeres en el corredor, que apenas tocan el piso de tierra para no despertar a los hombres que duermen. De sus labios se escapan algunas palabras en zapoteco de la sierra, que es mi lengua materna, para decirme que es hora de ir al campo y que la noche sigue afuera; es una noche eterna que nadie se ha atrevido a despertar, una noche que duerme 500 años como la injusticia que se comete en Quiegolani y en cientos de comunidades indígenas de Oaxaca donde la mujer es sólo una palabra, tan igual y tan pequeña como una tortilla.
Ya me arden los ojos de tanto mirar entre la oscuridad, de tanto caminar entre la tierra sin saber el lugar en el que estoy parada. Soy la hija de una mujer indígena que nació pobre, que vivió en la ignorancia y que ha envejecido adormeciendo sus sueños de libertad y de igualdad. Soy la hermana de una mujer que parió 10 hijos de los que ninguno tuvo derecho a elegir un destino; soy la compañera de cientos de niñas que sólo dialogan en zapoteco y que un día en lugar de recibir una muñeca para aprender a jugar, recibieron el mandato de sus padres para desposarse con un hombre al que sus ojos ni siquiera habían visto.
Por eso, decidí soñar con los ojos abiertos y luchar por el derecho de las mujeres a regir su propio destino, a tomar decisiones en favor de su comunidad, así como a ejercer el voto activo y pasivo en sus municipios, aunque los hombres hechos caciques les digan lo contrario y existan leyes que los amparen.
Lo he hecho porque desde niña aprendí que la palabra justicia no existía en el diccionario de los Usos y Costumbres para las mujeres; por eso escapé de mi pueblo para forjarme un destino mejor y diferente al que hubiera conocido. ¿Alguien alguna vez ha tratado de frenar el cauce de un río con las manos? Yo lo he intentado, pero el río no conduce agua, no es un río de vida; es un río de injusticia que impide desde tiempo inmemorial la participación política de las mujeres en la toma de decisiones de sus comunidades. Sin embargo, he aprendido que si muchas manos se unen a esta causa, será posible transformar ese cauce y llevarlo por veredas de respeto a la igualdad y a las libertades que consagra la Constitución Política de nuestro país a todos los mexicanos.
Por eso, después de egresar como Contadora Pública decidí regresar a mi pueblo para trabajar al lado de mis paisanos en contra de la pobreza, la carencia de servicios y la ausencia de garantías individuales. El 4 de noviembre de 2007, contando con 27 años de edad competí para ser Presidenta Municipal de Santa María Quiegolani, Oaxaca. Mi sueño estaba por convertirse en realidad, sin embargo, cuando la mayoría de los hombres de mi pueblo me estaban eligiendo en una Asamblea Comunitaria, los caciques me arrebataron ese derecho con el argumento de “ser mujer y profesionista”. Con la injusticia en los labios “anularon” esa elección para evitar que una mujer se convirtiera en la Primera Presidenta Municipal de Santa María Quiegolani.
Por diversos medios traté de impedir que se consumara ese atropello. Recurrí al Instituto Estatal Electoral de Oaxaca, al Congreso del Estado y alcé la voz ante la sociedad oaxaqueña para denunciar este hecho. Pero la respuesta de las autoridades fue una sola: “En tu catálogo de Usos y Costumbres no existe la palabra mujer y por lo tanto no tienes ningún derecho”. Días más tarde, el agravio se consumaba, pues la autoridad estatal dio posesión al nuevo presidente Municipal, impuesto de manera ilegal y violenta por el cacique del pueblo.
Desde entonces he luchado por denunciar este caso para crear una nueva conciencia de respeto y reconocimiento a los derechos de las mujeres en las comunidades indígenas de Oaxaca y de México. Mi palabra y mi nombre han viajado hasta lugares de México y del mundo en donde Quiegolani se ha vuelto una referencia para expresar la lucha de las mujeres indígenas por |
sus derechos humanos y políticos. Los alcatraces que un día acompañaron mis pasos, hoy son sinónimo de mi lucha y quien los acepta y los porta se une a esta gran cadena de manos que intentan acotar la fuerza de un río cuyo cauce empieza a derivar hacia la justicia y la preeminencia constitucional en el derecho positivo de los pueblos indígenas.
Por eso, me anima y enorgullece el Informe Especial Presentado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) publicado el pasado 5 de marzo, en el cual se reconoce esta flagrante violación a los derechos humanos de las mujeres y se exhorta a las autoridades de Oaxaca y de México a reformar sus leyes para dar amparo a los derechos políticos de las mujeres en las comunidades indígenas.
Hoy, muchas manos se han sumado a esta causa y he tenido la oportunidad de participar en diversos foros y ante diversas instancias locales, nacionales e internacionales para transformar esta realidad que afecta a uno de cada cinco municipios de Oaxaca, en donde la palabra mujer no encuentra un lugar de reconocimiento, justicia y dignidad.
Tengo fe en que ese faro que muchas noches se ha desvanecido en mis sueños, se convierta en una realidad para todos esos pueblos que hoy sufren el estigma de la pobreza y la falta de equidad entre hombres y mujeres. Me anima el hecho de que el propio Presidente de la República, Lic. Felipe Calderón Hinojosa y su señora esposa hayan aceptado mis alcatraces y se hayan sumado a esta causa.
También, que el Instituto Nacional de las Mujeres y la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación, hayan tomado en sus manos este caso y hoy realicen sus propios diagnósticos y propongan al Estado la reforma al marco legal que suprime el derecho de las mujeres indígenas a intervenir en procesos políticos.
En este tiempo de luces y sombras, he llevado mi mensaje ante el Instituto Federal Electoral, ante los jóvenes de diversas universidades y ante los medios de comunicación de México y del mundo, para construir un eco poderoso, como el que se escucha en las montañas desoladas de mi pueblo, para lograr una Reforma que acabe con 500 años de silencio, oscuridad y olvido.
Gracias a esta lucha, hoy en Oaxaca YA FUE APROBADO EN ELCONGRESO DEL GOBIERNO UNA REFORMA A LA CONSTITUCION DE MI ESTADO, EN SU ART, 25 EN DONDE EN SUS LETRAS DICE” QUE EN TODO OAXACA LA MUJER TENDRA SU DEREECHO DE VOTAR Y SER VOTADAS Y SU INOBSERVANCIA SERA SANCIONADA”, para evitar que casos como el de Quiegolani se repitan. Pero también, el Congreso de la Unión Nacional, se ha mostrado sensible a esta situación y ha iniciado los trabajos para que nunca más se suprima en México este derecho, ante los integrantes de la Mesa directiva en el mes de abril del 2008, acudí ante el congreso Federal a exponer esta causa y proponer una Reforma que encienda de una vez y para siempre este faro de esperanza en cada rincón de México.
De igual he tenido la oportunidad de representar a México a otros Países, para que esta voz suene fuerte y que a nadie se le olvide la deuda que se tiene con las Mujeres y mas aun con las mujeres indígenas, que nuestro gran pecado es haber nacido MUJER.
Ese sueño es también el sueño de un niño durmiendo en el rebozo de su madre. Ha llegado la hora de despertar y el tiempo de que ese niño abra los ojos en un mundo de luz, alegría y plenitud de derechos. Que no siga durmiendo en la oscuridad, soñando, sencillamente soñando, con un faro de luz que se vuelve ceniza y escapa como una columna de humo negro hacia el horizonte. Que se haga la luz para todas las mujeres indígenas de Oaxaca y de México.
De todo ello nació el Sueño de conformar con una asociación que lleva por Nombre QUIEGO A.C. que en sus siglas es “QUEREMOS UNIR INTEGRANDO POR LA EQUIDAD Y GENERO A OAXACA”, para podamos alcanzar el progreso en nuestras comunidades, que nadie pisotee la Dignidad de una Mujer.
El reto es que atreves de la Asociación, impulsar talleres sobre Derechos Humanos, Derechos de las Mujeres, La importancia de ser Mujer, La libertad, llevar proyectos productivos para mejorar la calidad de las mujeres y niños de la región de la Sierra Sur del Estado.
Establecer unas oficinas en forma en la Ciudad de Oaxaca, pero desgraciadamente todo eso requiere de financiamiento.
Ojala que quien lea esta pequeña reseña y realidad de miles de mujeres, se arriesgue por nosotras y que no somos Costos políticos, somos al contrario:
DESARROLLO, UNION, FUERZA, DESAFIOS, NO MIEDO.
GRACIAS.
Respetuosamente, Eufrosina Cruz Mendoza. |